Como ocurre con el resto de elementos que nos forman socialmente, siempre dependiendo de nuestro entorno, tomé esa idea de Dios como algo natural; como algo cierto y que formaba parte de mí mismo.
Es inevitable que un concepto que justifica y da sentido a los enigmas a los que uno se enfrenta a lo largo de la vida y conforma buena parte de la moral y directrices a seguir, permanezca arraigado y no sea cuestionado durante mucho tiempo.
Me tuve a mí mismo por ferviente (y sincero) creyente, y anduve por grupos cristianos, grupos que, por suerte o por desgracia, nunca fueron lo suficientemente cerrados o extremistas como para hacer que me plantease qué hacía yo allí, rodeado de gente (ni mejor ni peor que los demás) que aseguraba hablar con Dios y sentirle en cada maravilla de la naturaleza a la que se enfrentaban. ¿Por qué no me preocupaba entonces mi falta de "comunicación" con Dios? Pues no lo sé, la verdad; ahora que lo pienso, debería de haberme dado cuenta antes de lo que me diferenciaba (al menos, según lo que se supone que sentían) de los demás. Pero claro, ¡hay tanto en lo que pensar cuando uno es adolescente! Lo último que se desea, en ocasiones, es que se derrumben más principios o se cuestionen más creencias de los que ese periodo de nuestra vida hace tambalearse.
Apuntar que aquella era otra época en la que los grupos de jóvenes vinculados a una parroquia eran menos radicales, según mi opinión, o menos comprometidos, según, supongo, el parecer de alguna de las comunidades actuales que conozco.
El caso es que comprendí que comenzaba a ser considerado un "valor en alza" según algunos de los responsables de aquellos grupos cristianos. Y (entonces sí), comprendí que eran mi labia y mi capacidad de explicar con palabras aquellas experiencias que yo no vivía, y de las que no estoy seguro que vivieran los demás, lo que me diferenciaba del resto; desde luego, no era mi fervor ni mi experiencia religiosa.
La vida sigue su curso y comenzaba a cuestionarme muchas cosas, lo cual siempre me ha parecido un indicador de madurez y que ayuda a afianzar aquello que merece la pena. ¿Qué era lo que me llevaba a creer en un ser superior? ¿Experiencias directas con ese ser? No, aquello ya estaba descartado desde hacía tiempo.
El primer síntoma realmente importante de mi incipiente agnosticismo fue comenzar a desterrar el miedo a renunciar a la idea de Dios o decirme a mí mismo "voy a cuestionar su existencia a ver qué resulta de todo ello". Puede parecer algo pueril, pero, ¿quién quiere arriesgarse a perder parte de la felicidad que promete la mayoría de las religiones? ¿Y si uno tiene que pagar su atrevimiento con un terrible castigo?
Sin embargo, la racionalidad, el deseo de saber, pudieron más que el miedo atávico a cuestionar a un dios que no parecía aceptar de buena gana la duda de sus criaturas...
Observé que la mortandad entre creyentes que rezan por la salud de los suyos no es menor que la de los que no creen, que se aferran a la vida con la misma pasión que los demás. Que utilizan a Dios para explicar sus alegrías y aluden a los "renglones torcidos" en los que escribe para justificar sus penas y sus fracasos. Como un útil comodín, se ajusta a cualquier situación y sirve para explicar lo inexplicable; tanto el milagro de la vida y la magia del amor, como la lacra de la miseria y el drama de la guerra y la enfermedad.
Descubrí que yo también creía creer porque hay cosas inexplicables, y que es fácil encajar la idea de Dios en nuestra vida, formando un complicado y sólido entramado que se ajusta a la perfección, rellenando huecos a los que no sabemos o no queremos enfrentarnos.
¿Y si los seres vivos de nuestro alrededor son organismos tan perfectos porque han sobrevivido en lugar de que sobrevivan porque son casi perfectos? ¿Y si uno aprende a vivir con la incertidumbre que ocasiona no tener explicación para todo?
Me sorprendió darme cuenta de que no me importaba vivir sólo lo que viva en este mundo (siempre me ha dado cierta grima y rechazo la vida eterna e incorpórea). Tampoco me sentía mal pensando que aquellos seres queridos a los que había perdido habían muerto para siempre, pues muchos les recordamos y llevamos parte de ellos.
Y llegó el día en el que me sentí liberado, porque no había dejado de creer, sino que, muy al contrario, descubrí que nunca había creído. Sentí una increíble sensación de libertad y libre albedrío, mal que les pueda pesar a algunos que (con todo mi respeto) sí creen.
Han sido desde entonces muchas deducciones y conclusiones, con las que no voy a aburrir al personal, pero que me llevan siempre, indefectiblemente, a un estado de "no creencia", que no surge de resentimientos ni como una reacción contraria a ningún tipo de religión o fe.
Dicho esto, añadir que no pretendo convencer a nadie de nada; sería ridículo hacerlo, máxime si yo he llegado a donde estoy a base de experiencia y reflexión.
Quien esperase que esta fuera una historia con "final feliz" en el que terminase anunciando una revelación o experiencia mística... siento decepcionarle: sigo tan agnóstico y tan feliz como siempre y no hecho de menos ninguna creencia que le dé sentido a mi vida, pues lo tiene sin fe.
¡Ah, sí! Lo que sí me gustaría es pediros un par de cosas a los que sí creéis:
- No me tengáis lástima, por favor.
- No intentéis evangelizarme; perdéis vuestro tiempo.
- No me impongáis normas o conductas que partan de la fe o los dogmas de cualquier religión; que éstas se reduzcan al ámbito de quienes comparten vuestras ideas.
- No penséis que mi agnosticismo depende de cómo me haya ido de bien o mal la vida; es fruto de cómo percibo la vida, no de las cosas buenas o malas que haya encontrado en ella.
- No os creáis mejores que yo; pensad que lo que un creyente hace por miedo al castigo o esperanza por la recompensa, yo lo hago porque tengo unos valores morales que, aunque exentos de fe, son tan válidos como los demás. Intento cada día ser mejor persona, simplemente, porque me parece la opción más adecuada, racional y consecuente con una paz y armonía entre los seres humanos que yo, aunque no crea, ansío.
- No recéis por mí; la Ley Orgánica de Protección de Datos debería prohibir incluir a nadie en oraciones sin su consentimiento...







